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Amigdalitis en niños: ¿Viral o Bacteriana? Aprende a distinguirlas

El dolor de garganta es uno de los motivos más frecuentes de consulta pediátrica. Detrás de ese síntoma común se esconden dos causas principales con implicaciones y tratamientos radicalmente diferentes: las infecciones virales y las bacterianas. Saber distinguirlas ayuda a los padres a actuar con conocimiento y evita el uso innecesario de antibióticos.

Las amigdalitis víricas son, con mucho, las más comunes. Están causadas por una gran variedad de virus, como los del resfriado común, adenovirus, virus de influenza o el virus de Epstein-Barr, responsable de la mononucleosis infecciosa. Su aparición suele ser gradual, formando parte de un cuadro más general. La fiebre, si aparece, es moderada, generalmente por debajo de 38.5°C. La garganta se enrojece y duele, pero las amígdalas suelen estar inflamadas sin exudado, es decir, sin esas placas blancas o pus. Es muy frecuente que se acompañen de otros síntomas como moqueo nasal claro, congestión, tos seca, ronquera o conjuntivitis. El niño puede sentirse decaído, pero el malestar general es leve a moderado. Los antibióticos son completamente ineficaces contra los virus. El tratamiento es sintomático y de soporte: reposo, hidratación abundante con líquidos fríos o templados, analgésicos como paracetamol o ibuprofeno para el dolor y la fiebre, y paciencia, ya que el curso natural de la enfermedad es de unos 5 a 7 días.

Las amigdalitis bacterianas, aunque menos frecuentes, requieren un abordaje diferente. El principal responsable es la bacteria Streptococcus pyogenes o estreptococo del grupo A. Su inicio suele ser más brusco y severo. La fiebre es alta, a menudo por encima de 38.5°C, y aparece de forma repentina. El dolor de garganta es intenso, dificultando mucho la deglución, incluso de saliva. La exploración es clave: las amígdalas aparecen muy enrojecidas, inflamadas y frecuentemente cubiertas de placas o exudados blanquecinos o amarillentos. Es característica la presencia de ganglios linfáticos en el cuello aumentados de tamaño y dolorosos a la palpación. A diferencia del cuadro viral, no suele haber tos, ronquera ni moqueo nasal. El tratamiento de elección para la faringoamigdalitis estreptocócica son los antibióticos, siendo la penicilina o la amoxicilina los de primera línea. Es crucial completar el ciclo de 10 días para erradicar completamente la bacteria y prevenir complicaciones graves pero raras como la fiebre reumática o la glomerulonefritis.

Existen señales de alarma que requieren atención médica inmediata, independientemente de la causa que se sospeche. La dificultad respiratoria o para tragar saliva, que puede manifestarse con babeo constante, es una urgencia. La rigidez de nuca o un dolor de cabeza insoportable, la aparición de un sarpullido en la piel, o la deshidratación severa por negarse a beber nada son signos que no admiten demora.

El papel del pediatra o otorrinolaringólogo es fundamental para llegar al diagnóstico correcto. En la consulta, además de la exploración física, se puede realizar un test rápido de detección de estreptococo. Esta prueba, que se hace con un bastoncillo en la garganta, da resultados en minutos. En algunos casos, se puede enviar un cultivo faríngeo para confirmar.

No todas las anginas son iguales. Entender la diferencia entre un virus y una bacteria empodera a los padres para cuidar a sus hijos de forma adecuada, sabiendo cuándo aliviar los síntomas y cuándo es necesario un antibiótico prescrito siempre por un profesional. Esta distinción es un pilar fundamental de un uso responsable de los medicamentos.