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Ojos llorosos sin parar: ¿Problema de alergia o de la Vía Lagrimal?

 

La epífora, o lagrimeo constante, es una queja frecuente en las consultas de oftalmología y otorrinolaringología. Sus causas son diversas, y distinguir entre un problema alérgico y una obstrucción mecánica del conducto lagrimal es el primer paso para un tratamiento efectivo.

El sistema de drenaje lagrimal funciona como un desagüe. Las lágrimas se producen en la glándula lagrimal, bañan el ojo para lubricarlo y protegerlo, y luego son

drenadas a través de unos pequeños orificios en el párpado superior e inferior llamados puntos lagrimales. Desde ahí, viajan por unos canalículos hasta el saco lagrimal y finalmente descienden por el conducto nasolagrimal para drenar en la nariz. Cuando este sistema se obstruye en cualquier punto, las lágrimas rebosan y caen por la mejilla.

Un lagrimeo por alergia suele venir acompañado de otros síntomas muy característicos. El picor intenso de ojos es uno de los signos más diferenciadores. Los ojos rojos e inflamados, los estornudos en salva, la congestión nasal y el moqueo acuoso suelen ser compañeros de viaje de la alergia. Este lagrimeo es además estacional, empeorando en primavera u otoño con los pólenes, o perenne en caso de alergia a ácaros o pelo de animales.

Por el contrario, una obstrucción del conducto lagrimal suele presentar un cuadro diferente. El lagrimeo es constante y crónico, presente todos los días independientemente de la estación. Es frecuente la presencia de legañas mucosas, incluso sin existir una conjuntivitis, debido al estancamiento de las lágrimas. En casos de obstrucción completa, puede aparecer una tumefacción dolorosa en el lateral de la nariz, a la altura del saco lagrimal, e incluso secreción purulenta si hay una infección agregada, lo que se conoce como dacriocistitis.

Las causas de la obstrucción lagrimal varían. La más común es la obstrucción idiopática asociada a la edad, donde el conducto simplemente se estrecha con el tiempo. Las infecciones o inflamaciones recurrentes pueden dejar cicatrices que obstruyan el drenaje. En los bebés, es frecuente la obstrucción congénita por una membrana residual que no se perforó al nacer. Traumatismos nasales o cirugías previas también pueden dañar la anatomía fina del sistema de drenaje.

El diagnóstico lo realiza el otorrinolaringólogo. La rinoscopia anterior permite visualizar el meato inferior de la nariz, donde drena el conducto. La prueba de desaparición del colorante consiste en poner una gota de fluoresceína en el ojo y observar cuánto tarda en desaparecer. Si tarda demasiado, indica un drenaje lento. El sondaje lagrimal permite comprobar si los canalículos están permeables. La dacriocistografía es una radiografía con contraste que dibuja perfectamente la anatomía del sistema y localiza el punto exacto de la obstrucción.

Las opciones de tratamiento son muy efectivas. Para obstrucciones leves o parciales, el masaje del saco lagrimal puede ayudar a romper membranas delgadas, especialmente en bebés. El sondaje lagrimal con irrigación puede destapar obstrucciones simples en el consultorio. Para casos más complejos o recurrentes, la dacriocistorrinostomía es la solución definitiva. Esta cirugía crea un nuevo canal de drenaje desde el saco lagrimal directamente a la nariz, bypassando la obstrucción.

Hoy en día se realiza frecuentemente por vía endoscópica a través de la nariz, sin cicatrices externas y con una recuperación mucho más rápida.

Comprender el origen del lagrimeo es la clave. Mientras el alérgico se trata con antihistamínicos y evitando alérgenos, el obstructivo requiere una solución mecánica. Una evaluación especializada puede discernir entre ambos y devolver la comodidad a los ojos.